Una singular festividad en honor a los difuntos

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Foto: BI/Archivo.
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Se dice que México está lleno de tradiciones, aromas, colores y sabores. Pero, tampoco le falta una cuota de misticismo y misterio, que se reúnen en un solo lugar dando pie a una de las celebraciones mexicanas más emblemáticas.

El origen de la celebración

Pátzcuaro es una pintoresca ciudad localizada en el estado de Michoacán, en el sur del país. Durante la época de la colonia se encontraba en la tierra de los indígenas que hoy son denominados purépechas. Su nombre, quiere decir “la entrada al paraíso” y su fundación data del año 1300, 200 años antes de que los españoles conquistaran la Nueva España. En ésta ciudad, se celebra hasta nuestros días, una de las festividades más antiguas de la cultura mexicana: El Día de Muertos.

Para los primeros moradores de lo que hoy conocemos como México, la muerte no tenía la misma connotación, que la que tiene actualmente. El rumbo que iba a tener el alma del difunto variaba según la forma en la que había muerto, sin embargo los conceptos de infierno y paraíso no existían como forma de premio o castigo, si no como una forma de destino al cual se dirigía según el lugar que se ocupara en el libro de la vida, tras pasar el lago del inframundo. El nombre de Pátzcuaro toma su origen en cierta forma por encontrarse cerca de un lago, que ciertos días del año traía en sí a las almas del inframundo. Tras sus aguas se encontraba precisamente, la entrada al paraíso.

El Día de Muertos, tal como se conmemora en México, es una celebración en la que recuerda a los seres queridos y se les proporcionan todo aquello que al difunto le agradaba: su comida favorita, la música que escuchaba, su bebida preferida y hasta los bailes con los que gozaba.

Durante la noche de cada 1 de noviembre, el pueblo muta y se prepara para recibir las almas de quienes ya no se encuentran en este mundo. Altares, flores y preparación de tumbas son la antesala de lo que ocurre en la noche de velación de los difuntos. A la medianoche los niños y las mujeres buscan las tumbas de sus seres queridos y depositan las ofrendas florales, siempre enmarcadas por la luz de numerosas velas que tienen como objetivo alumbrar al muerto en su camino de regreso, mientras los hombres, alejados de la gente observan todo lo que sucede dentro del cementerio. Campanas alojadas en las entradas del cementerio suenan discretamente, invitando a las ánimas a la unión en la ceremonia.

Tras su participación, que es obligatoria para toda alma que quiera cumplir con descanso eterno, los difuntos brindan por la felicidad de aquellos que aún se encuentran aquí, y parten nuevamente al inframundo, hundiéndose en el lago, previamente alumbrado con veladoras para un adecuado regreso.

A pesar del paso del tiempo, en este lugar la tradición se encuentra inmodificable, siendo objeto de un sinnúmero de leyendas adyacentes, por lo que la celebración es siempre un atractivo para turistas de todo el mundo, que, curiosos, llegan a observar cómo es que los vivos aclaman y festejan por aquellas almas, que ya partieron de este mundo terrenal.

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